LOS NIÑOS Y EL CAMBIO DE VIDA


Siempre he afirmado que un buen profesor puede cambiar la vida de un alumno. Lo que no he dicho es que un mal profesor también puede hacerlo. Lo que queda claro, es que los profesores, en general, sean buenos o malos, influyen en los recuerdos y en nuestras vidas cuando somos mayores. Y de profesores en relación con la ciencia y de cómo se recuerda de mayor, os hablaré en nuestra historia de hoy.

Otro detalle a apuntar es que la ciencia es también un modo de rebelión contra el poder impuesto. Así lo pensó el matemático John Allen Paulos en un detalle de cuando era niño:

El recuerdo más antiguo que tengo de haber querido ser matemático corresponde a mis diez años de edad, cuando calculaba que determinado lanzador suplente de los Milwaukee Braves de aquella época tenía una medida de carreras ganadas (MCG) de 135 (dejaba que le marcaran 5 carreras y sólo a eliminaba un bateador). Impresionado con un MCG tan extraordinariamente malo, se lo expliqué tímidamente a mi maestro, que me pidió que lo explicara en clase.
Como yo era muy tímido, lo hice con una vocecita temblorosa y rojo como un tomate. Cuando hube terminado, dijo que yo estaba completamente equivocado y que me sentara. Los MCG, dijo con autoridad, nunca pueden ser superiores a 27.
Al acabar la temporada, The Milwaukee Journal publicó las medias de todos los jugadores de las Major Leagues y, como aquel lanzador no había vuelto a jugar, su MGC era 135, el mismo que yo había calculado. Recuerdo que tuve la sensación de que las matemáticas eran un protector omnipotente. Con ellas uno podía demostrar cosas a otras personas y éstas le habían de creer, tanto si les gustaba como si no. Así que, picado aún por la humillación que había sentido, llevé el periódico a la escuela para enseñárselo al maestro. Me echó una mirada horrible y me volvió a ordenar que me sentara. Al parecer, la idea que tenía él de impartir una buena educación consistía en asegurarse de que todo el mundo permaneciera sentado.
Y ahora, otro tipo de recuerdo muy diferente. A mejor, por supuesto, de la mano de uno de nuestros héroes. Ya lo había publicado hace mucho tiempo, pero en el cambio de hosting se perdió. Os dejo con una historia de aquellas que tocan la fibra sensible. Es una carta de Henry Bethe a la Sra. Feynman. No os explico más detalles porque habla por sí misma.
Querida Sra. Feynman:
No nos hemos encontrado, me parece, con la frecuencia suficiente para que ninguno de los dos haya podido arraigar en la memoria consciente del otro. Le ruego pues perdone cualquier impertinencia, pero no podría dejar pasar desapercibida la muerte de Richard, ni la oportunidad de añadir al suyo mi propio sentimiento de pérdida.
Dick (el nombre de pila de Feynman) fue el mejor y mi favorito entre los diversos “tíos” que rodearon mi infancia. Durante su estancia Cornell fue visitante asiduo y siempre bienvenido a nuestra casa, a quien siempre se podía sacar de la conversación con mis padres y con otros adultos para hacerle derrochar atención sobre los niños. Fue a un tiempo gran compañero de juegos con nosotros y maestro que incluso entonces nos abrió los ojos al mundo que nos rodea.
El favorito de mis recuerdos es cuando teniendo yo ocho o nueve años me encontraba sentado entre Dick y mi madre, esperando a que el distinguido naturalista Konrad Lorenz (considerado padre de la etología), diera una charla. Estaba yo inquieto e impaciente, como les pasa a todos los niños cuando les mandan estarse quietecitos en su asiento; entonces Dick se volvió hacia mí y dijo:
— “¿Sabías que hay el doble de números que de números?”
—”¡No, no los hay!”. Yo tenía una actitud defensiva de mis conocimientos, como todos los jóvenes.
—”Sí, sí que los hay; te lo voy a demostrar. Di un número.”
—”Un millón”. Un número grande para empezar.
—”Dos millones”.
Dije unos diez números más y cada vez y Dick me cantó un número que era el doble de grande. Por fin se hizo la luz.
—”Ya veo. Entonces también hay tres veces más números que números”.
—”Demuéstralo”, dijo el tío Dick.
El mencionó un número y yo dije otro tres veces mayor. Probó con otro. Volví a hacerlo otra vez. Y otra más. Entonces dijo una cifra demasiado complicada para poderla multiplicar mentalmente.
—”Tres veces ésa”, dije yo.
—”Así pues, ¿hay un número más grande que los demás?”, preguntó.
—”No”, repliqué. “Porque para cada número hay otro que es dos veces mayor, otro que es tres veces mayor. Incluso hay uno que es un millón de veces más grande”.
—”Exactamente. Y esa noción de crecimiento sin límite, de que no hay un número más grande que todos, se llama infinito”.
En ese punto llegó Lorenz, y nos callamos para escucharle.
Cuando Dick se fue de Cornell dejé de verle con frecuencia. Pero él dejó conmigo brillantes recuerdos, la noción de infinitud y nuevas formas de aprender acerca del mundo. Le amé con gran afecto.
Sinceramente suyo, Henry Bethe.
Dos profesores y dos formas de enseñar a los niños.
Fuentes:
John Allen Paulos, El hombre anumérico.
Richard Feynman, ¿Qué te importa lo que piensen los demás?.

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